Era una tarde no muy fría de invierno. El sol se filtraba entre las nubes y el viento corría entre los plieges de mi fino abrigo. Vagaba, sin pensar demasiado, por las calles de Oviedo. Mis pasos no me conducían al lugar a donde debería de haber ido, y sin embargo, fue justo ahí, al percatarme que estaba en el sitio equivocado, cuando me embargó una sensación de libertad sobrecogedora. Entonces, por un momento, ya no me sentí pequeña, sino grande y... feliz.
A veces me olvido de lo mucho que disfruto estando conmigo misma.
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